Miro al árbol que tengo ante mí y compruebo, con mayor terror si cabe, que efectivamente es un castaño, y toco entonces en mi bolsillo mi amuleto de la suerte y trato de distraerme recordando la historia un tanto insólita del pobre Horváth, quien, un día, paseando por los Alpes, se topó con un hombre que se notaba que había muerto hacía muchos meses y que no era cadáver, sino esqueleto, aunque tenía intacto a su lado un bolso con una tarjeta postal que el muerto había escrito y que decía: «Lo estoy pasando muy bien».
Después de todo, también piensa Fresán que, en los libros revolucionarios, ya sea el Ulises, Tristram Shandy, el Quijote, Moby Dick, la trama la puedes resumir en tres líneas.
Después de vivir en París, es imposible vivir en ninguna parte, incluido París.
Pero bueno, todos tenemos derecho a soñar y también a equivocarnos.
«Un día iré a Montevideo y buscaré el cuarto de la segunda planta en el hotel Cervantes y será un viaje real al lugar exacto de lo fantástico, quizás el lugar exacto de la extrañeza», había llegado a escribir en cierta ocasión con más fuegos de artificio que convicción, aunque ya es sabido que la falta de convicción acaba conduciéndonos, aunque no lo esperábamos, a la convicción misma.
Las imágenes provocaban el deseo de ir al encuentro de esos lugares, pero, al mismo tiempo, la sospecha de que esos sitios no podían existir.
«Te has convertido en los últimos tiempos en un escritor al que las cosas le pasan de verdad. Ojalá comprendas que tu destino es el de un hombre que debería ya estar deseando elevarse, renacer, volver a ser. Te lo repito: elevarse. En tus manos esta tu destino, la llave de la puerta nueva».